
los gatos saben que no hay peligro de que invadamos su mundo.
tarde o temprano nos sale la vena responsable y empezamos a sentirnos mal: que si la cena, que si la colada... obligaciones absurdamente humanas que nos impiden seguir de siesta bajo el sol, seguir posando en el mejor rincón de la casa, honrando a cualquier rincón con la elegancia de nuestra presencia, seguir paseando/acariciando el suelo con nuestras patas de algodón, jugando con hilos y ovillos...
ojalá pudiera quedarme más rato en este país.
no se me ocurre un modo de ser gato que no me guste
